La madera de mi techo suena, resuena, tajante,
silenciosa y estruendosamente corroída, por lo años, por el viento, por la
polilla... pareciera que lamieran cada pedazo y que de repente cayera en mi
rostro un trozo de madera muerta y de alas transparentes.
La luz de la calle colorea las botellas, las miro y
me distraigo en su reflejo anaranjado. Ya en la oscuridad puedo ver las ramas
florecidas de un árbol cualquiera y de nuevo, la luz, mezclándose con el humo.
Ahora el árbol no tiene ni ramas, ni moho. Las luces de colores se transportan
indicando el acontecer humano y el aire plagado, y la luz intensa, y la lluvia,
menuda.
A veces miro a Darío, lo leo y me deleito
infantilmente en sus letras podridas, en sus maldiciones, en la gusanera que se
lo comió en vida y lo devoró en muerte. En su nada, en su ismo, en su mierda. En
su ego. En sus noches de luna aguja, su traba infinita y en su deseo incesante
de morir. Luego pienso en el mundo, en mi vida tranquila y amañada.
Y viene la
humedad, el olor a ropa mojada, los vidrios empañados, los alientos sumidos en
uno solo.
Y yo aquí. Soledad suprema, interrumpe el olor a pasto mojado y el
sonido de las volquetas a lo lejos. Pocas gentes, y el agua fría, helada, pasa
por mi garganta seca.
En el olvido tengo los recuerdos de mi niñez,
absurdos algunos como sueños abiertos de sangre podrida.
En esta ciudad ya no hay calles, ya
no hay niños ni madres tristes, ya no hay vidas ajenas. Hoy simplemente quiero
salirme de mí de una vez por todas.